“El escritorio de Don Tomás Carrasquilla”

Don Tomás Carrasquilla.

Fue un escritor que supo expresar el alma Antioqueña, en la primera mitad del siglo XX, (1858-1940). Nació en Santo Domingo, Antioquia. Premio nacional de Literatura, influenció con su obra, a muchos escritores. Escribió numerosas novelas, cuentos, ensayos, entre ellos: La Marquesa de Yolombó, Simón el mago, En la diestra de Dios padre, Grandeza, Dominicales, etc.

“El escritorio de Don Tomás Carrasquilla”

Era febrero de 2017, cuando recibí un chat de un amigo, que está siempre por encargo, a la ¨caza¨ de libros escasos, música y antigüedades, para venderles a personas amantes de esos artículos, entre los que me cuento, quien me escribía algo un poco insólito que voy a narrarles. A esta persona, sus compradores-amigos, lo denominamos de manera afectuosa, nuestro ¨personal shopper¨; forma de referirnos a él, como denominan los grandes artistas a las personas especializadas que les compran sus ropas y todas sus cosas, por no tener tiempo ellos de hacerlo. Desigual comparación, pues nosotros no somos ni por asomo parecidos a ellos, pero siempre nos reímos todos de eso. La llamada era para notificarme que en sus búsquedas por el ¨centro¨ de Medellín, había encontrado que estaban ¨rematando¨ todos los muebles del teatro La Exfanfarria, que estaba en proceso de cierre definitivo.

John Jairo Bran, oriundo de la ciudad del tonusco, que así se llama quien me estaba dando la información, empezó a enviarme por WhatsApp fotografías y precios de cada uno de estos elementos. Luego, muy emocionado, me dijo que estaban vendiendo también un escritorio que había pertenecido al escritor Don Tomás Carrasquilla.
Escéptico como soy a ese tipo de cosas, le dije que me mandara una foto, para hacerme a una idea del aparente tesoro hallado. Inmediatamente, frente a mi tuve la foto de un mueble de madera en buen estado y bonito, aproximadamente de principios del siglo XX. El precio era adecuado, y le pedí a John Jairo que por favor lo comprara. Estaba acompañado de un baúl de madera, que los empleados de la exfanfarria aseguraban era de la misma procedencia.

En ese momento no me importaba que no hubiesen sido de Don Tomás, pues sino eran de la procedencia que aseguraban, servirían para decoración en nuestro Hotel Mariscal Robledo, en Santa Fe de Antioquia.

Seguí mi trabajo, y me olvide del asunto completamente. Lo cierto del caso, es que pocos días después cuando fui a Santa Fe de Antioquia, allí se encontraban los elementos, y pude comprobar que la compra había sido buena, por el estado y la antigüedad que tenían. A paso seguido, mi amigo me contó los pormenores expresados por la persona que le había hecho la venta, del porque habían llegado ese escritorio y el baúl a manos de ellos. La narración fue más o menos la siguiente: “Fuimos contratados hace muchos años por la administración del municipio de Santo Domingo, para hacer unas representaciones teatrales de la obra Simón el Mago, de Don Tomás Carrasquilla.” Preparamos las actuaciones durante varias semanas, y luego estuvimos allí haciendo las funciones en las fechas acordadas, pero al marcharnos de regreso para Medellín, las personas que nos contrataron, dijeron que no tenían dinero, pues el presupuesto municipal no se los había permitido, pero que nos fuéramos y ellos posteriormente, en el transcurso de los días, verían como nos pagaban de alguna manera.

Ante esta situación tan desconcertante, nos pusimos furiosos, y las autoridades tuvieron que intervenir para evitar que hubiese un altercado mayor. Ya más calmados todos, ellos ofrecieron que nos lleváramos un ¡Escritorio y un Baúl que según decían eran muy valiosos, los tenían allí desde la época de Don Tomás, y que con ellos nos pagaban! A regañadientes, no habiendo ya nada más que hacer, y entendiendo en carne propia el dicho “del ahogado el sombrero”, decidimos muy decepcionados aceptar el trato, y nos regresamos sin un peso por el pago de nuestro duro trabajo, cansados y tristes, con un baúl y un escritorio que ni siquiera sabíamos que hacer con ellos.

Lo cierto del caso, es que esos dos elementos, en adelante, durante muchas temporadas, fueron parte de la escenografía de obras del teatro la exfanfarria, cuyo director era Juan Manuel Freydell. John Jairo, también me narró, que en el momento de montar el escritorio y el baúl al camión que los transportaría a Santa Fe de Antioquia, todos los artistas y empleados de la exfanfarria salieron a despedirlos, realmente tristes, porque esos elementos que en principio habían sido una frustración por el pago de unas representaciones teatrales y objeto de casi una pelea fuerte, con el tiempo se habían convertido en una especie de “amuletos” o de símbolos de su Trabajo, después de décadas de tenerlos en su poder.

Se les veía tristes, como si ese camión se llevara parte de su alma y del sentido de su trabajo de artistas. El escritorio daba punto final a la vida del teatro. Ya era la última página del libro de la vida del teatro…. Oír esta emotiva narración, me produjo una especie de curiosidad por saber toda la verdad. El director del grupo, Juan Manuel Freydell, había sido mi compañero en el colegio; siempre había admirado su obra, pero en muchos años nunca nos vimos, pues murió en 1990, generando una gran pérdida para el teatro nacional.

Ya con “la pulga en la oreja”, a las pocas semanas nos fuimos a Santo Domingo, con mi madre y mis hermanos, después de despertar en ellos la curiosidad con la historia, a conocer el museo dedicado a Don Tomás, a tratar de “cogerle la cola” a esta historia tan curiosa que involucraba tantas emociones. Llegamos a la casa-museo, y estuvimos mirando fotografías, muebles, libros, escritos, todo ! Y averiguábamos con el guía de turismo del museo, para tratar de dar con alguna pista que nos llevara a identificar algo que confirmara si estos dos elementos habían pasado por la propiedad del afamado escritor.

Había en el museo un escritorio bastante sencillo, que según la familia había pertenecido al escritor; que no se asemejaba en nada, con el que estaba en nuestro poder, pues este, considerábamos, era más representativo de la época que vivió su propietario. Ya un poco desengañados por no haber encontrado ninguna pista, nos fuimos a almorzar, y allí se presentó en nuestra búsqueda la directora del museo, para preguntarnos el porqué de tanto interés en el tema del escritorio, que el guía del museo le había contado. Era una persona muy amable y conocedora del tema de Carrasquilla, y tuvimos una amena conversación del asunto, donde le contamos el motivo por el que habíamos ido.

Entre las cosas que hablamos, quedó definido el que si se confirmaba la autenticidad del escritorio y el baúl, nosotros los donaríamos al museo, siempre y cuando los que conformen la junta directiva propietaria del museo fueran personas del sector privado, dedicadas a la cultura. También notamos en nuestra visita, que no poseían ningún libro de primera edición de todos los escritos por Don Tomás; y le dijimos, que podríamos donar algunas de esas primeras ediciones que poseíamos, porque quedarían mejor allí, que guardadas en una vitrina de la biblioteca del Hotel Mariscal Robledo en la ciudad de Antioquia.

La directora se puso feliz, y quedó de hacer contacto con nosotros cuando tuviera más información de la autenticidad de los objetos, investigando con las familias Botero y Naranjo, descendientes del famoso escritor. Regresamos a Medellín, y por mi parte, olvide el tema por muchas semanas. Sin embargo, posteriormente, en tertulias de amigos, en la biblioteca del Hotel Mariscal Robledo, Alberto Velásquez, Samuel Aguinaga, Tulio Gómez, Jorge Iván Carvajal, Carlos Pérez, Matilde Benjumea, Juan Guillermo Toro, Francisco Guisao, Sandra De Bedout, Adrián Vahos y John Jairo Bran, se trató el tema en varias ocasiones, con el escritorio ¨de cuerpo presente¨.

Y ahí fue Troya !!

Todos a una me conminaron de manera vehemente que eso de donar el escritorio, el baúl, y los libros yo no podía hacerlo. ¡Que esos objetos ya no eran míos, ni del hotel; porque ya eran patrimonio de la ciudad de Antioquia ! No valieron mis ¨pataleos¨ de que eran de mi propiedad, y que podía hacer lo que considerara con ellos. Todos me dijeron de manera cordial pero firme que eso no era cierto, pues cuando ya estas cosas pasaban al imaginario colectivo, y al afecto general de las gentes, las cosas dejaban de ser de uno. Argumenté y me defendí como pude, pero no valió nada. Ya era una decisión tomada por ellos: ¡Las cosas se quedaban en Antioquia! Me hizo gracia esa posición de mis amigos, y pues como no había nada más que hacer ante semejante grupo tan prestigioso y con un nivel de autoridad cultural tan alto, acepte a regañadientes, riéndome por dentro, sabiendo en el fondo que ellos tenían toda la razón.

Ya con los días, la directora del museo de Santo Domingo, llamo a decirme que según había investigado, no encontraron rastros seguros de que ese fuera el escritorio de Don Tomás, y que realmente seria poco probable que se pudiera certificar la autenticidad. Pero lo que si me pedía de manera especial, era que les donara los libros de primeras ediciones de las obras, que serían muy valiosos para el museo.

Le dije que habíamos decidido quedarnos en la ciudad de Antioquia con todo, pues nosotros por nuestra parte también habíamos averiguado que en el museo había intervención muy directa de la administración municipal, y que no sabíamos si algún burgomaestre o algún otro funcionario, en el futuro, definiera cerrarlo, no sabríamos que pasaría con nuestra donación, y que teníamos temor que volviera a repetirse la historia.

En resumen, el escritorio, el baúl, y los libros, siguen en la biblioteca del Hotel Mariscal Robledo, pues ya no soy el dueño de nada de eso.

Mis amigos de la ciudad madre así lo decidieron, yo acepte ya sin más reparos, y me siento feliz de haberlo hecho. Ya no quiero averiguar más la procedencia de nada de esos muebles. No se si son verdad en todos los apartes que me contaron, ni quiero ¨derenmarañar¨ la trama Saber la verdad quizás nos quitaría la ilusión, la historia se volvería tangible, y la magia desaparecería !

Autor Alonso Monsalve Gomez

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